Entre los
hombres las palabras matan más que la misma guerra.

Se susurra, se habla, se
critica a espaldas de la víctima. La persona interesada es la única que no sabe
nunca nada, porque la comunicación no llega hasta ella.

Si eres una persona
madura, debes demostrarlo con tu lealtad. Debes tener el valor de tus actos
ante todo, pero debes tener también el valor de tus propias palabras.


Si
hay algo que no marcha, da la cara a la persona interesada, habla abiertamente
con ella, aclara valerosamente hasta los asuntos más delicados. No mates
enviando mensajes silenciosos de odio, de resentimiento, de sospechas. No te
limites a hacer que entiendan, a poner mal gesto, a mostrarte ofendido y
hostil.

No
te desahogues con los que no tienen nada que ver, entiéndete con toda claridad
solamente con la persona directamente interesada.

Ten el valor de tus palabras.
Palabras claras, sencillas, aún las duras, no deben ni siquiera herir; deben
simplemente eliminar los obstáculos
que impiden a dos personas, al verse,
el mirarse a los ojos.

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